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Peces con la boca roja y la boca negra – Cuento de Vitaliano de la Cruz

agosto 27, 2015

Peces con la boca roja y la boca negra
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Hoy la mar está tranquila, en calma. El agua pura, cristalina, transparente, me mece placenteramente haciéndome relajar y echar a un lado los inevitables problemas cotidianos que se disipan en un instante con el ir y venir de las lentas olas, casi imperceptibles por la tranquilidad y el remanso marino. Estoy boca arriba, con los ojos cerrados pero mirando al cielo. Me gusta sentir la suave brisa en mi frente, me anima, es reconstituyente. De ese modo, pensando sin pensar, dejando pasar el tiempo, disfrutando del momento, me pongo boca abajo y abro los ojos para contemplar el fondo del mar y la transparencia del agua burbujeante formando múltiples figuras que parecen como estrellas refulgentes en un multicolor caleidoscopio de partículas en suspensión, envolvente y embriagador. Casi nunca veo pececillos juguetones porque me quedo cerca de la orilla por seguridad y por miedo, ¡que lo vamos a hacer! Esta vez me pongo a mirar detenidamente y contemplo un revuelo inusual debajo de mí. Era un bando de peces bastante numeroso, osados, no muy grandes pero muy unidos, casi pegados, nadando en círculo, muy determinados a entablar conversación y rozarse conmigo. Lo noté al instante porque no estaban temerosos; al contrario, buscaban mi confianza, acariciaban con sus pequeñas aletas mis manos y pies haciendo filigranas por todo mi cuerpo. Me hacían cosquillas y me daban pequeños bocaditos agradables. Seguí su juego ingenuo e intentaba cogerlos pero se resbalaban suavemente por entre mis dedos. Eran muchos y me invadían por todas partes, nunca tuve miedo. Seguimos jugueteando al ritmo del mar y el cielo, sorprendido por la inesperada compañía de mis amigos los peces.
De repente algo extraño turbó mi sosiego. Veo cómo del fondo reposado del lecho marino emergen cuatro peces un poco más grandes y vienen directos hacia mi cara, frente a frente; era obvio que querían que los contemplase, que me percatara bien a las claras de su circunstancia que había pasado desapercibida para mí hasta ese momento. Con esos ojos saltones, desorbitados, y su movimiento nervioso, atrajeron mi mirada a sus bocas y me asusté al verlos. Dos tenían la boca de color rojo y los otros dos de color negro. Permanecimos así durante unos minutos tensos, en silencio, mirándonos fijamente, sin hacer ningún movimiento.
Decidí entablar conversación con ellos.
– ¿Qué os pasa? ¿Por qué tenéis las bocas de esos colores?
Ellos continuaban mirándome sin inmutarse aunque fue cambiándoles el semblante y sus ojos parecían como tristes y serios. “Será mi imaginación”, pensé para mí. “Déjate de cuentos, mira que ponerte a hablar con los peces…”
No cambié la vista, me intrigaba mucho esa conversación no verbal pero con mucho sentimiento que existía entre nosotros. De pronto oigo la voz de uno de ellos, uno de la boca roja.
– Nosotros también estamos sorprendidos de que nuestras bocas se hayan vuelto negras y rojas.
– Será por algún alga o hierbas marinas que hayáis comido, recalqué yo.
– No, no puede ser eso pues siempre nos hemos alimentado del mismo modo y nunca ha pasado esto.
– ¿De dónde venís pues es la primera vez que os veo por aquí?
– No venimos de muy lejos, aunque el mar Mediterráneo es inmenso, las corrientes nos llevan y traen de una costa a otra en poco tiempo y además somos muy veloces y estamos en plena forma.
– Pues no me lo explico. ¿Qué puede haber sucedido?
– Algo horrible, comentó veloz, el pez de la boca negra.
– Hace unos días, estábamos haciendo nuestro recorrido habitual, dando bandazos, disfrutando de nuestro hábitat y el mar eterno, cuando nos vimos envueltos en un enorme remolino de cuerpos extraños, medio desnudos, amontonados; no eran como nosotros, apenas podían sostenerse en el agua, ni agitar las manos y los pies, eran muy torpes, seguro que estaban fatigados y desfallecidos. Nos vimos invadidos y no sabíamos para dónde tirar. Entretejimos como una bolsa gigantesca y resistente con nuestras delicadas pieles y cuerpos e intentamos retener su peso para que no se hundieran y pudieran flotar. Así pasamos horas y horas, exhaustos, al límite de nuestras fuerzas; con nuestras bocas empujábamos todos a una para sacarlos a la superficie. Mordíamos ansiosos para reanimarlos, apretábamos las colas, emitíamos desesperados gritos de socorro y ayuda. Finalmente caímos rendidos. Todo nuestro esfuerzo había sido en balde pues la mayor parte de los cuerpos sin vida se desplomaron al profundo abismo, escoltados por un numeroso grupo de peces alevines cuyo lamento se podía oír hasta en el infinito; otros flotaban inertes al compás de las caprichosas olas y unos pocos fueron rescatados con unas peligrosas redes y otros artilugios raros y desconocidos. Una vez finalizada la gran tragedia, nuestro bando desapareció de aquel lugar maldito entre amasijos de cuerpos negros desgarrados, niños, grandes, mujeres, chicos, el azul del mar teñido de una gran mancha de rojo sangre y un olor a putrefacción, miseria, desesperación y olvido.
– Fuisteis muy valientes y solidarios, comenté.
– Era nuestro deber a pesar de que fuesen unos intrusos e invadieran nuestro entorno natural. Seguro que ese no era el suyo, porque no pudieron defenderse y sobrevivir, murieron atrapados, hacinados, gritando extenuados al cielo, sin agua ni alimentos, abandonados de su buena estrella…
– ¿Comprendes ahora el color de nuestras bocas?, preguntó el otro pez con la boca roja.
– No del todo, pero lo intuyo.
– Tienes razón. Fue tanto nuestro esfuerzo por intentar salvarlos que nuestras bocas quedaron impregnadas de su color para siempre; unos con el color negro de su piel y otros con el color rojo de su sangre. Estamos orgullosos de ello y ese estigma nunca desaparecerá de nuestra especie.
– ¿Te podemos pedir un deseo? Se anticipó a pedírmelo el otro pez con la boca negra.
– Por supuesto, respondí.
– Nadábamos desesperados por nuestro querido mar, lamentándonos, inquietos, tristes, rendidos… Cuando te divisamos en la distancia, nos percatamos de que nos podías escuchar y de paso transmitir al mundo de los humanos nuestra frustración y nuestro grito de justicia y libertad. Nos diste confianza y nos acercamos a contarte nuestro secreto a voces. Hay que parar el tráfico de seres humanos en esos barcos y balsas sin retorno, vidas sin poder vivir, que no mueran y se ahoguen más en nuestro mar. Igual que aquí en nuestra balsa mediterránea hay un sitio para todos, también en vuestra tierra habrá un lugar digno para ellos. No nos gustaría tener las bocas rojas o negras, pero siempre estaremos dispuestos a ayudar y salvar a todos los que atraviesan el Mar de la Esperanza.
Me di la vuelta y me puse boca arriba. Aparecieron unas nubes espontáneas, lechosas, apenas perceptibles que me protegían del penetrante sol de mediodía. Miré hacia el cielo y no pude dejar de llorar y rezar durante mucho tiempo.
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En memoria de todos esos seres anónimos con sus sueños rotos, que desaparecen diariamente en el Mar de la Muerte, Mar de los desamparados, Mar de la Nada.
Vitaliano de la Cruz

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From → Noticia

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